Objetos perdidos, historias encontradas | Lost objects, found stories.
this project is under construction and in constant update | este proyecto está en proceso y se renueva constantemente
Me llevaba la comida a diario. Vivíamos en el mismo edificio.
Ella me llevaba comida porque yo estaba impedido para salir a la calle. No tuve ninguna falla en el cuerpo, pero el deseo de ver a otras personas se había extinguido hacía tiempo —no sólo era así— quiero decir: detestaba a los demás. Ella lo sabía. Me visitaba cada noche cuando regresaba de trabajar en la Gare du Nord.
Me producían náusea los jóvenes que iban a la escuela, verlos andar, reír; me producía rabia saber que la gente procuraba llegar siempre a un sitio, el sentido de los actos, el ir y venir de esas vidas. Nunca pensé en matarme, sin embargo, pero sí en no salir nunca más.
Me las arreglaba para sobrevivir. Tenía el dinero de la pensión y el dependiente de la tienda me llevaba lo que le pedía por teléfono. Ella lo cocinaba.
Antes del último día, me regaló las fotografías: eran tres, pero perdí dos cuando me detuvieron, las llevaba en el bolso del pantalón. En la tercera foto que conservo, aparece sentada en una playa, con un sombrero azul y mira de reojo a la cámara. Debe haber sido una playa española porque al fondo se lee un letrero escrito en español; es el anuncio de una cerveza que conozco.
Creo que ella imaginó lo que podría suceder, a pesar de eso, continuó visitándome con el amor de una madre que alimenta a su hijo. Ella, igual que yo, estaba sola. El tiempo había pasado y no formó una familia. Ella era miserable como yo y como cualquiera. Entiéndame: su vida no tenía ninguna importancia.
Por la mañana pensé el plan.
Después de comerme una crema de verdura que me había dejado preparada, observé la luz del atardecer. Faltaba poco para que abriera la puerta. Tenía las llaves de mi casa. Entró como siempre, con ese aire cansado que la caracterizaba. Había trabajado demasiado durante muchos años. Formaba parte del orden de este mundo nefasto. Quería librarla de mí y del mundo. Lo merecía.
Mientras se arremangaba la camisa para comenzar a cocinar, pasé la cuerda alrededor de su cuello y la apreté. Fue todo lo que hice.