J'aime mon quartier, je ramasse

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Objetos perdidos, historias encontradas | Lost objects, found stories.

this project is under construction and in constant update | este proyecto está en proceso y se renueva constantemente


Mi tía Silvana, hermana de mi madre, se fue del pueblo a estudiar bioquímica en la Universidad de Córdoba, Argentina, a fines de la década del 60. Allí empezó a militar en la Juventud Peronista y en abril de 1976, unos días después del golpe militar, sus padres –mis abuelos– le dieron dinero para que se comprara un pasaje a Suecia, que fue uno de los países que recogió a los exiliados políticos argentinos.

Allí Silvana recomenzó su vida, se dedicó a la investigación científica y conoció a quien sería su marido por más de veinte años, Gustav. Con Gustav tuvieron dos hijos: al primero le pusieron Gustavo, en español, a la segunda la llamaron Erika.

En el año 1985, tres años después del retorno de la democracia, Silvana se animó a volver al pueblo, de visita, y trajo con ella a Gustav, Gustavo y Erika, y una montaña de regalos hermosos. Mi padre fue a buscarlos a Ezeiza, el aeropuerto de Buenos Aires, y los trajo, conduciendo en un solo tirón las seis horas de viaje por la llanura pampeana. Mi abuelo había muerto, y mi abuela esta enferma, pero aún esperaba conocer a sus nietitos. Yo estaba muy ilusionada porque había oído muchas historias sobre mis tíos y quería conocer a mis primos y hacerles mil preguntas. Pero cuando llegaron descubrí que la pequeña Erika no entendía mis preguntas y que Gustavito me respondía con lentitud y sus palabras eran extrañas, tenían un sonido muy peculiar, como si los bordes estuvieran astillados en algunas partes, o resbalosos en otras. Muy preocupada por esto, le pregunté a mi madre, en secreto, cuál era la enfermedad de esos niños y ella me respondió que los niños eran sanos pero que hablaban en sueco. Entonces un mundo enorme se abrió frente a mi, y me pasé esas dos semanas oyendo, solamente oyendo y observando a mis primitos, que eran bellos y hacían esos sonidos tan extraños. Esa foto es de ese verano y la saqué con una cámara que me trajeron mis tíos de regalo. También grabé sus voces con un pasacassette muy bueno marca JVC, y conservé esa cinta hasta que se destruyó de tanto oírla.

Diez años después, cuando dejé el pueblo para ir a estudiar en Córdoba, lo primero que hice fue anotarme en un curso de sueco, en el departamento de lenguas de la universidad. Necesitaba desesperadamente empezar a saber qué significaban esas palabras que había aprendido de memoria.

Leticia El Halli Obeid