Objetos perdidos, historias encontradas | Lost objects, found stories.
this project is under construction and in constant update | este proyecto está en proceso y se renueva constantemente
Dorita está desnuda en una habitación vacía. O casi vacía, salvo por dos sillas, la del Dorita y la del hombre que la tortura. El torturador canta una canción sobre las palpitaciones de un corazón al sol. Es un hombre de sufrido aspecto, espalda encorvada por las privaciones o la obediencia, no muy limpio ni en sus hábitos ni en su manera de hablar, uno de esas personas que hablan atropelladamente, malpasando los labios sobre las palabras y perlando a su interlocutor con gotitas de saliva propias de la prisa por pronunciar. Pero un hombre honrado al fin, alguien que hace lo que le piden a cambio de una suma fija y mensual de dinero. Torturador de 10 de la mañana a 6 de la tarde, con excepcionales horas extras de madrugada. Vacaciones dos veces al año. Aguinaldo. Dorita, su objeto de trabajo, está desnuda, llorando, sufriendo la milla de dolor, cual se debe en los buenos torturados. No se le ha tocado ni con el pétalo de una picana, no se le ha sumergido en agua mineral, no ha habido hasta ahora una sola gota de violencia. Pero Dorita llora porque está desnuda frente a un hombre que no conoce, un burócrata del terror, alguien que en la calle no representaría ninguna amenaza para nadie, pero que aquí, en esta habitación casi vacía, sin ventanas, alejada de cualquier lugar más o menos humano, dice palabras breves, rápidas, perladas de saliva: te vamos a tener que torturar, y esa sola frase sobre una mujer desnuda abre la compuerta del llanto, del sufrimiento anticipado. Un cuerpecito sufriendo en el plano imaginario lo que a continuación le tocará sufrir en en plano real… (continúa aquí)