J'aime mon quartier, je ramasse

                         about this project | qué es esto                                     who | quiénes                                     also | además            

Objetos perdidos, historias encontradas | Lost objects, found stories.

this project is under construction and in constant update | este proyecto está en proceso y se renueva constantemente


Antes de que le pidieran sus documentos Mikhail ya sabía que ése era su último día en París.

No había tenido tiempo de hacer su trabajo, no había tenido tiempo de disfrutar la vida decadente; tampoco había tenido tiempo de desertar. ¿Por qué lo habían elegido a él, un portento de indecisión, para ir a infiltrar la alta burocracia francesa? Quizá porque era, entre los mediocres que se enquistaban en el Servicio, uno de los que no habían despertado sospechas de nada. O porque su francés era impecable. O porque tenía cara de cualquier cosa, pero no de espía.

En cuanto lo trasladaron perdió la brújula: no sabía cómo cumplir la misión aunque tuviera los contactos para iniciarla. Al contrario de lo que veladamente le insinuaban, la vida en la capital le había pasado de largo. Y es que había llegado tarde a todo: como un pez de estanque que se sintiera perdido en un lago, nomás llegar a París se había dedicado a caminar sin rumbo. Ninguna calle le parecía conocida por más veces que la recorriera, no sentía por ese país odio ni admiración, languidecía.

Tres veces le habían mandado mensajes de la agencia incitándolo a cumplir con el encargo. El día que se decidió, hizo una cita en el Ministerio del Interior con un funcionario medio que lo acercaría al Ministro, pero antes de llegar a él debió hablar con un guardia y, acaso porque la única traición de la que era capaz era la traición a sí mismo, saludó en ruso. “Dobråyie utrå”, dijo. Apenas lo había dicho cuando ya se daba media vuelta y huía del edificio. Dos agentes lo siguieron a la distancia, y pensó que tal vez no lo detendrían ahí mismo, pero al entrar a una estación del metro le pidieron sus documentos. Sacó su carnet y lo arrojó a las vías, luego saltó él también y corrió en la dirección contraria. Llegó el convoy, que destrozó su identificación, pero no encontraron rastro suyo.

Años después, tras la caída del muro, uno de los agentes creyó reconocerlo bajo un puente, departiendo con otros clochards. Mas para entonces ya sería uno de muchos damnificados por la historia, y no se parecería a aquél que había posado para el carnet falso, tan formal, de traje y corbata.

Yuri Herrera